Carengo Ivina Giordana


Nos acercamos casi en el precipicio de nuestras vidas. Juntos soñamos hijos, nos hicimos compañía, fuimos grandes confidentes, también nos amamos. Tuvimos nuestras épocas de grandes proyectos. Todo era posible y no existían límites para la imaginación. Nos conocimos en un mar de letras y nos unió la distancia y el sabor amargo de la desdicha.

Ambos renunciamos a todo por el otro. Una mañana en Ezeiza nos vimos por primera vez las caras, yo pregunté (animado por noches prometiendole que aunque no me atrajera la iba a besar, que aunque ella no quisera hacerlo debería hacerlo, porque no se cruza el océano todos los dias y los meses de desvelo reclamaban ese beso)
-¿Puedo darte un beso?
-Sí (dijo ella) y nos cruzamos un piquito descuidado, así al paso, para luego pensar, mmm esto no está funcionando. Más tarde, la atracción que sentíamos uno por el otro empezó a fluir, nos contamos cosas, era raro oler su perfume, el timbre de su voz, sus gestos de europea refinada. Nos besamos furtivamente en una habitación de hotel 4 estrellas, que bien merecía ser de 3 y prometimos nunca volver a separarnos.

El día que vino a quedarse, ya se había ido De La Rua, el país era otro y cuando la ví bajar de su avión, su cara no me mostró otra cosa más que miedo, muchísimo miedo. Nadie va a poder decir jamás que no lo intentamos, cada uno a su aire y con sus propios impedimentos. Ella nunca se pudo terminar de establecer y se iba unos meses con la excusa de trabajar y juntar euros. De paso también, respirar un poco de mi, por entonces, poco sensible manera de ser.

En uno de sus viajes me enteré así por casualidad que me estaba mintiendo y ya nada fue lo mismo. Se fue de Buenos Aires un sábado lluvioso, horrible. Yo la miraba y aunque quería que se fuera, al mismo tiempo sentía que dentro mío algo se estaba muriendo. El sólo hecho de pensar que después de ese día existía la posiblidad de no volver a verla nunca más, no saber más nada de ella, si necesitaba algo para sus alergias, no poder masajearle los pies y la cabeza para calmar sus constantes jaquecas, no poder hacerle el amor y prender fuego la habitación, no poder verle sus manos encantadoras ni su sonrisa que hacía brillar al día, nunca más sus abrazos y su capuccino espumoso, me estremecía hasta doblarme de dolor.

Esa noche de Sábado me acompañó una amiga porque no podía estar solo, lloré creo que como nunca lo había hecho, sentí morir mi sueño y por dos semanas no pude reaccionar. Cuando reaccioné ya era demasiado tarde, el “nunca más” se hizo realidad. Creo que la amaba sin conocerla y creo que nunca dejé de amarla. También sé que ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias. Hoy, desde lejos, trato de rearmar mi vida y me cuesta. Ella está en la suya y realmente me alegra. Pero a la vez me preocupa y me entristece.

Es que siempre me pasaron esas cosas con Carengo, nunca tuve una sola sensación, siempre fue una montaña rusa de sensaciones, y siempre lo será. Si bien es, a los tumbos, una pequeña parte de toda nuestra historia, no quería que quedara en el olvido y la plasmo aquí, que es el lugar perfecto para mi dolor. Mi piel guarda el recuerdo de su cuerpo y de mil madrugadas de abrazos.

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