Ay San Valentín


Había una vez un chico llamado Valentín. Vivía en una ciudad muy bonita, donde los árboles
saludaban a la brisa muy temprano en las tardes y las abuelas, presurosas, poblaban las mesas de deliciosas sangrías caseras para saciar la sed del buen peregrino que gustara pasar por ese lugar. Las mañanas y las tardes eran de ensueño y la falta de malos entendidos hacía de la vida, una exquisitez. Valentín gustaba de jugar a la pelota en el potrero junto con otros amiguitos, algunos vecinos, algunos no.

A veces los sorprendía la noche hurtando ciruelas de alguna huerta amiga del lugar, con la complicidad de su dueño, quien disfrutaba de ver a los atrevidos colgados de sus árboles pensando que nadie los veía, mientras degustaba de un aperitivo afín a los calores de la época,
al fin y al cabo que pensaran en su impunidad, los mostraba en su estado más auténtico, más natural y eso lo llenaba de goce y melancolía.

Valentín creció y conoció a alguien que nunca había imaginado. Tenía pelo largo, olía bien y su piel era suave. Entonces ya no pudo jugar más, ya no le daban resultado los juegos porque su cabeza, caprichosa, lo traicionaba y no lo dejaba apartar sus pensamientos de la niña del pelo largo y la piel suave.

Fue cuando Valentín supo, por primera vez en su vida, que debía tomar una decisión y así lo hizo.
Rompió su chanchito de ahorros, con el dinero que obtuvo compró unos bombones y unas flores. Esa tarde se bañó y le pidió a su madre que lo vistiera de fiesta y así fué. Valentin, toda valentía, salió decidido esa tarde/noche y se sentó a esperar a la niña en la puerta de la casa.

Cuando la vió corrió a su encuentro.
-Hola. (le dijo)
-Hola. (ella respondió)
-Te traje estos bombones y estas flores. (dijo él)
-Gracias. (respondió ella)
-Es que hace mas de dos semanas que no hago otra cosa más que pensar en vos… (dijo Valentín)
-¡Qué bien! (dijo la niña)
-Y lo que me parece… es que estoy enamorado de vos, te quiero y me gustaría mucho conocerte, poder charlar, y tal vez quien sabe, algún día tal vez vos sientas algo por mi… (dijo Valentín)
-Mmm …lo siento mucho, (dijo la niña) pero no siento lo mismo por vos, me parecés simpático, eso no lo voy a negar, pero te veo más como a un amigo y no creo que eso cambie… (completó la hermosa niña)
-Ah… bueno…igual…no te hagas problema, son locuras mias, como siempre dice mi mamá
(dijo Valentín)
-No, está bien, no hay problema, mmm sabés… me tengo que ir, ¿hablamos otro día? (dijo ella) -Bueno, adiós, nos vemos otro día (dijo Valentín).

Y eso fué todo. Y claro, ese otro día no existió jamás. Su primer contacto con el mundo adulto había ocurrido, así de golpe y Valentín lloró. Y se preguntó por qué no podía ser lo que el quería,
si después de todo, no era gran cosa, no pedía mucho, solo algunas veces por semana, poder tomarla de la mano, verla crecer, saber sus miedos, sus alegrias, pero no pudo ser. Y ese fue el último día que iba a hablar con ella por el resto de su vida.

Fue un No, y Valentín lloró y conoció un mundo con el cual no había tenido contacto y ya nada fué igual para el amor.

¡¡Feliz Día de los enamorados blancas palomitas!!

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