Vidas paralelas

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En la plaza hay dos palomas que descansan sobre la base de un monumento de algún prócer venido a menos, cuatro niños juegan con una pelota número cuatro de cuero, corren, se agitan, [ellos pueden hacerlo] uno de ellos patea la pelota fuerte, casi imaginando que está ejecutando el último penal en la final del mundial de fútbol, pero lejos de tocar la red la pelota va directamente al rostro de un hombre que tomó la plaza para caminar.

Son las 4 de la tarde y Vicente se prepara para su caminata vespertina diaria, no se ha sentido bien últimamente, tiene un dolor muy fuerte en el abdomen que lo tiene preocupado, sin contar con una sensación de falta de vitalidad que se refleja en su rostro, no le ha contado a Nora (su esposa) de sus preocupaciones.

Vicente tiene 58 años y le falta poco para jubilarse, en su trabajo le han puesto como jefe directo a un joven de 28 años de edad, tema que lo tiene de muy mal humor, mal humor por supuesto ya advertido por su nuevo jefe que lentamente lleva a cabo las diligencias con la gerencia para su despido y rápido reemplazo con un compañero de la facultad que está sin empleo.

Vicente bebe un vaso de jugo de uvas orgánicas, (la salud siempre ha sido su obsesión) y luego se termina de vestir, apaga el televisor que tenía prendido de background, cierra algunas puertas de su casa y de salida entra en la habitación de Nora y le da un beso en la mejilla, Nora duerme su siesta diaria plácidamente, y gesticula una especie de sonrisa al recibir el beso.

Vicente sale a la puerta de calle y se dirige a la plaza. Nora es una mujer hermosa, tiene 50 años y conserva su físico idéntico a cuando tenía 30, cintura delgada y grandes pechos, está junto a Vicente desde hace más de 20 años, no han podido tener hijos en ese lapso, aunque han tratado en varias oportunidades, nunca lo han logrado, y el tema es algo dificil de charlar entre los dos, Vicente cree que ella es estéril y prefiere creer eso antes que someterse a cualquier exámen de esperma. A Nora la aflije muchísimo el comportamiento en extremo primitivo de su compañero, ya que ella siempre ha sido une mujer interesada en lo sutil, lo culto y muy defensora de que “los problemas hay que hablarlos”, de que “no existen problemas, solo soluciones”, pese a sus convicciones nunca ha podido con la hosquedad de Vicente.

Hace unos 6 años conoció a Raúl, un vendedor de seguros de un conocido banco, inmediatamente se interesaron el uno por el otro, y así nació un romance, Raúl es viudo, perdió a su mujer, Laura, en un accidente, vive con su hijo Teo de 8 años en un departamento de Palermo, la impresión por la muerte de su mujer lo ha dejado al margen de querer sostener una relación estable con mujer alguna, por eso se interesó en Nora, por no tener que sostener más que algunos días a la semana de amor furtivo.
Hace unos cuantos meses tuvieron una noticia que los dejó pasmados; Nora, estaba embarazada; ambos estaban muy asustados y no sabían que hacer. Por un momento ella pensó, –si le dijera que estoy embarazada de él… si…Vicente lo creería, y lo criaría como un hijo suyo, estoy segura, el es tan previsible que lo haría; pero Nora no era esa clase de mujer.

Sabía que para que ocurra algo así, debía primero nacer de nuevo, y ser una persona distinta, con otro tipo de educación.

El problema duró hasta un viernes frío de Agosto; abortó en una clínica de Paternal. Desde ese evento Nora ya no es la misma, no hay noche que no tenga pesadillas, y no deja de culpar a Vicente por tantos años de resistirse a los estudios, y de poner el problema siempre en ella, no le perdona su egoísmo y está casi convencida que si las cosas hubieran ocurrido según sus planes, jamás se hubiera interesado en Raúl, hubieran adoptado un niño, o probar inseminación artificial, cualquier cosa la sinceridad les habría permitido afrontar.

Algunas veces y siempre que les da el tiempo, se siguen encontrando furtivamente con Raúl.

Teo baja las escaleras de su casa que desembocan en el hall del edificio donde vive, jamás le gustó el ascensor, prefirió siempre las escaleras. Su niñez siempre fué solitaria, extrañando a su malograda madre, sin nada que hacer más que imaginársela y verla en fotos; esta tarde sale corriendo por la calle vestido de ropa de gimnasia y se dirige a la plaza a jugar al fútbol con sus amigos, es una tarde hermosa de otoño, la melancolía casi se puede oler en el aire. Se encuentra con sus amigos de la escuela, que luego de haber almorzado, hecho sus tareas, y dormido una petit siesta, están más listos que nunca para su partido de todas las tardes.

Teo empieza el partido con el pie izquierdo, un error suyo le cuesta a su equipo un gol en contra; su compañero Ezequiel, se lo recrimina, y él, que sufre de una susceptibilidad aguda, esconde su enojo, y se propone emparejar las cosas. Oh no! (piensa) por mi culpa no vamos a perder hoy, yo puedo hacerle goles a estos idiotas cuando quiera, yo soy mejor jugador que ellos, y decidido, arranca su jugada de mundial, la cual culmina con un zapatazo digno de Pelé que se va desviado y termina estrellándose en la cara de un hombre que tomó la plaza para caminar.

Son las 4:20 de la tarde, Vicente yace en el suelo tratando de recuperarse del golpe, Teo se acerca a él y le pregunta -¿Está bien señor? a lo que Vicente responde -Si, hijo, estoy bien.

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