La Oportunidad

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No estoy, no estoy! Gritaba la voz de un hombre del otro lado de la puerta. Pero lo que ustedes no saben es que de este lado, estaba ella.
Recorrió con la mirada toda la puerta. Era una puerta de madera, pero no de madera legítima, sino de esas enchapadas en madera y que vienen rellenas con hojas de diarios viejos que vaya a saber uno quien los leyó. Le pareció antiestética, de lado a lado, de arriba a abajo, horrible.

Volvió a tocar el timbre presionando el botón dos veces, una corta y la otra más larga. Estaba nerviosa, muy nerviosa y miraba para todos lados ese pasillo de edificio como si fuera la primera vez que estaba allí. Como despertando a una pesadilla comenzó a ver todo lo horrible que estaba a su alrededor, ya no solo la puerta, sino las paredes, esas paredes que transpiraban pena, unas paredes dejadas en el tiempo, abandonadas a su suerte.
Unas paredes marcadas con la desolación. Unas paredes que solo fueron abrazadas por la suciedad que gentilmente trajo la humedad.
En ese momento las vio, en detalle, del otro lado de la puerta la voz seguía gritando: -No estoy no estoy, hoy no estoy.
Una voz no paraba de repetir dentro de su cabeza hasta el dolor: ¿Qué estuve haciendo con mi vida estos últimos meses?. Una y otra vez. Sus manos estaban sucias, en un segundo notó que ella también era parte de esa escenografía dantesca, era una pieza más de decoración. Sintió una lágrima correr por su mejilla, pero no era una lágrima de tristeza, no.
Era una lágrima de enojo, una lágrima con sed de venganza, una lágrima que no perdonaba haber vivido ese horror gratuitamente.
Ella se veía a si misma como una persona lúcida, razonable, siempre con una actitud equilibrada hacia el afuera. Sin embargo tanta lucidez no le alcanzó para evitar entrar, ser tan razonable no la ayudo a reflexionar sobre esto y su actitud, que ha sido equilibrada aún en momentos trágicos, esta vez no la ayudó a no caer. Y cayó. Y hoy estaba aquí, parada del otro lado de la puerta del edificio inmundo, oyendo los gritos alcoholizados de a quien alguna vez amó. Despertando para ver que su vida no es nada más que un montón de mugre y unas manchas de humedad.
-Jajaja, no estoy no estoy maldita idiota!!. Una vez más gritaba y no abría la sucia puerta. En ese momento se vio saliendo rápidamente del edificio. Vio su oportunidad, se vio lejos de allí, olvidando, pasando desapercibida entre gente que no la conocía que no sabía nada de ella. Se vio con otro nombre, comprando una identidad falsa en la provincia, consiguiendo un trabajo donde le pagaran en efectivo, tratando de hablar poco con los extraños, solo su vida rutinaria pero libre de todo aquello. Buscando un lindo departamento para vivir, estudiando y preparándose todo lo que pueda.
Se vio lejos, sabiendo que no podría volver más, que no vería más a su familia, que no lo tendría que ver más a el. Se vio no pudiendo llamar por teléfono, ni auque sea para oír alguna voz, porque sabía de los identificadores de llamadas y no podría arriesgarse a ser atrapada por esa estupidez. Se vio viviendo una vida diferente, sin alcohol, en paz consigo mismo y con los demás, y tal vez algún día después de muchos años, pueda reunir con algunos ahorros a sus padres y a su hermano junto con ella aunque sea un fin de semana, para sentir el calor familiar.
Y un día conocería a un hombre bueno para ella, y tendría hijos y estos a su vez la llenarían de nietos, y si, tal vez algún día los pueda reunir a todos juntos y contarles la verdad, decirles como escapó de su pesadilla, como fue su redención, y su familia entera escucharía de su propia boca las terribles penas que debió atravesar para llegar a estar allí con ellos, y llorarían y se abrazarían y juntos disfrutarían de una exquisita comida casera. Si, una vida mejor. Luego, metió las manos en su cartera, sacó las llaves de la puerta y entró.

Para Cristina

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