De como Borges me enseñó a ser Budista

El Budismo, además de ser una religión, es una mitología, una cosmología, un sistema metafísico, ó, mejor dicho, una serie de sistemas metafísicos, que se entienden y que discuten entre si.
Las otras religiones exigen mucho de nuestra credulidad. Podemos ser buenos budistas y negar que el Buddha existió.
Debemos pensar que no es importante nuestra creencia en lo histórico, lo importante es creer en la doctrina.

Hace dos mil quinientos años hubo un príncipe del Nepal llamado Siddartha o Gautama que llegó a ser Buddha, el despierto, el lúcido. A diferencia de nosotros que estamos dormidos y que estamos soñando ese largo sueño que es la vida. La leyenda del Buddha es iluminativa y su creencia no se impone.

El universo consta de un número infinito de ciclos que se miden por calpas. La calpa trasciende la imaginación de los hombres. Lo que transmigra no es el alma sino el karma que es una estructura mental entretejida por nuestros actos, cuando morimos nace otro ser que hereda nuestro karma. De los seis destinos que están permitidos a los hombres el más difícil es el de ser hombre.

Tú has sido mía y has sido mía un número infinito de veces y seguirás siendo mía infinitamente.

Cuando nuestro destino es ser hombres, debemos aprovecharlo para llegar al Nirvana, cuando hemos llegado al Nirvana nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres.

Un hombre ha sido herido en batalla y no quiere que le saquen la flecha, antes quiere saber el nombre del arquero, a que casta pertenecía, el material de la flecha, en que lugar estaba el arquero, que longitud tiene la flecha.
Mientras están discutiendo estas cuestiones, se muere.
“En cambio -dice el Buddha- yo enseño a arrancar la flecha”.
¿Qué es la flecha?. Es el universo.

La flecha es la idea del yo, de todo lo que llevamos clavado. El Buddha dice que no debemos perder el tiempo en cuestiones inútiles.
Por ejemplo: ¿Es finito o infinito el universo?. ¿El Buddha vivirá después del Nirvana o no?.
Todo esto es inútil, lo importante es que nos arranquemos la flecha. Se trata de un exorcismo, de una ley de salvación.

El Buddha al morir les dice a sus discípulos “les dejo mi ley”.
Un budista puede profesar cualquier religión, siempre que siga esa ley. Lo que importa es la salvación al final está el Nirvana.
Así como el vasto océano tiene un solo sabor, el sabor de la sal, el sabor de la ley es el sabor de la salvación.

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