La Playa y la Odalisca

Su nombre es Ariel y tiene 12 años.
Está de vacaciones en un pueblo con playa junto con sus tíos. Siempre llevan a Ariel con ellos, un poco por cariño, otro poco por costumbre y otro poco para que sea el compañero de vacaciones de su único hijo Federico.

Ariel es un niño triste. Con solo ver sus ojos uno puede llegar a pensar que vivió muchos más años de los que tiene. No es algo extraño, teniendo en cuenta que es el único hijo de una familia disfuncional y que sus padres le llevan cuarenta años.

Irse de vacaciones con su “segunda familia” es algo redentor para él. Por tres meses va a vivir sin restricciones injustificadas y a olvidar un poco lo condicionada que está su permanencia en la casa de sus padres. Por tres meses el vacío inmóvil que siente cada noche antes de dormirse, al contemplar a sus padres engullir su cena y mirar televisión, va a acabar.

El mundo de los niños es maravilloso, y ese puente que los lleva de tiernas criaturitas a hombres listos para el sexo es tan corto que cuando dejas de verle la cara a un niño por un momento debes tener cuidado, porque esa puede ser la última vez que se la veas. Tal vez cuando vuelvas a ver pueda ser ya la cara de un hombre.

Ariel ya sabe lo que es masturbarse, no porque su padre se haya tomado el tiempo de explicarle el funcionamiento del cuerpo humano y de los órganos sexuales del hombre y la mujer, sus parecidos y diferencias, como queda embarazada una mujer, que es la esperma, porque se te pone duro entre las piernas eso que hasta hace dos días no te servía para nada más que para mear, y sentís tremendos hormigueos por todo tu cuerpo y una picazón en la punta y amaneces con el calzoncillo mojado y pensás que te measte pero internamente sabés que no te measte y tu voz se parece cada vez más a un intento de aullido de algún animal agonizante que a aquella que reconocías como tuya, y no podes parar de tocarte la pija y todo tu mundo se derrumba frente a la novena paja del día, cuando ya te la dejaste roja y ni siquiera podés entender que camión te pasó por arriba. El placer desconocido, en lugar de gozarlo, lo sufrís.

Sos su víctima y no hay nadie cerca que te pueda ayudar, solo la mirada censora y desaprobadora de tu madre que te mira cuando volvés a entrar al baño por enésima vez.

-“Estoy con diarrea”.

-“Diarrea si, justo. (Va a quedar más tarado de lo que ya es).

Las tardes en la playa son majestuosas. El mar es la debilidad de Ariel, al igual que las mujeres según parece empezar a descubrir, en especial las tetas de las mujeres, lo recalientan las tetas. Tal vez por el hecho de que jamás en sus cortos doce años pudo poner una mano en una teta desnuda más que en la de su propia madre, tal vez porque tiene la imagen de su padre tatuada en el subconsciente babeándose mientras mira las tetas de la cigarrera de Amarcord y cambia rápido de canal cuando la voz de su esposa o simplemente sus pasos le advierten el peligro de ser descubierto.

Ariel veía tetas y era feliz, y si hay un lugar donde abundan tetas en exhibición ese lugar es una playa en el mar. Era muy común que todos los veranos se formaran en cada balneario un grupito de amigos, que compartían por el tiempo que dura la vacación, la playa, la cancha de volley, el mate con facturas y las salidas en grupo nocturnas.

El día comenzaba con mates en la cama acompañados con figasitas de aceite tostadas con manteca y mermelada casera, a las 9:30 los primos ya estaban en el agua.

Luego vendrían los partidos de volley, las jodas con los amigos más grandes que ya habían cogido y lo ostentaban por sobre los que no. El modus operandi era sencillo, tiraban señuelos criticando a alguno de los pendejos ausentes en ese momento y los que nunca habían cogido también se prendían en la burla. Pero luego llegaba el momento del “¿Y vos de que te reís? ¿Acaso ya garchaste con alguien?

Era entonces cuando quedaban en evidencia solitos y para zafar mentían.

“Yo si, mi tío me llevó a debutar”

Eran interrogados y presionados. Los incautos mentían, decían que si, que ya habían cogido, inventaban hasta donde podían, y luego eran burlados entre todos los que ya habían tenido sexo y entre los buenos mentirosos que nunca lo habían hecho pero que habían pasado la prueba del detector de mentiras.

A pesar de algunos momentos malos el balance de los veraneos era siempre muy positivo, siempre se conocían amigos nuevos que luego se extrañarían los meses venideros, siempre los más grandes hacían un fogón en la playa de noche, y los chicos eran invitados como mascotas y ponían papas y batatas en la arena abajo del fuego y luego las comían recién cocinadas.

Una tarde fueron a bailar a la matinee, había una fiesta de disfraces y estuvieron un buen rato preparando el vestuario.

Ariel había ido a pocos boliches con sus doce años pero a pesar de esto le fascinaba el hecho de estar libre en un lugar y poder llegar a conocer a una chica.

Y esa tarde conoció a una, y no a una cualquiera sino a una disfrazada de odalisca.

Laura era morocha y tenía los ojos muy grandes y de color verde. Ariel quedó deslumbrado a penas la vio. Se acercó a ella e intentó comunicarse de alguna manera.

Nunca había sido bueno para jugársela con las mujeres. Una tarde en un asado había una chica muy interesada en él, sus amigos lo alentaron para que fuera a encararla.

-Dale Ariel, andá y encarala.

-¿Y qué le digo?

-Vas y le preguntás. ¿Querés salir conmigo?

A lo que Ariel respondió lo suficientemente claro como para que no le quede duda a nadie.

-¿Salir? ¿Adonde? ¡Si le llego a decir a mi viejo que voy a salir me caga a palos!

Esta vez no debía ser así porque se había prometido no volver a quedar en ridículo sobre todo con él mismo. Esta vez esa bella odalisca iba a ser suya, la iba a acompañar durante toda la matinee, bailaría con ella, le compraría una bebida y luego con suerte la acompañaría a la casa y le daría un beso de despedida, su primer beso en la boca.

Intentó todo, pero la chica evidentemente no tenía el menor interés en él, pero como se había prometido no bajar los brazos nunca más, siguió intentándolo por esa oscura razón que nos lleva a seguir algo que no va hasta el final y a huir de lo que si va, por esa extraña sensación en el estómago de conseguir lo inconseguible, de llegar donde ningún otro ha llegado, a la odalisca, a sus caricias, a sus besos, a sus tetas. Con mucho trajín logró una cita en los video juegos de la calle principal de ese pueblo a las siete de la tarde al día siguiente.

Esa noche casi no durmió imaginando su triunfo. Espero puedan imaginar su cara cuando a la mañana descubrió que sus padres acababan de llegar a la casa de sus tíos para pasar unos días, y que a los tres minutos tenía a su madre encima con los cuestionarios insoportables de siempre y las órdenes del día. En ese momento sabía que la cita con su odalisca corría riesgo, pero también sabía que no se iba a rendir con tanta facilidad.

A las cuatro de la tarde le preguntó a su madre si lo dejaba ir a San Bernardo para ver a una amiga, a lo que su madre respondió que no, que era muy chico para andar con amigas y mucho menos ir solo en colectivo hasta San Bernardo. En ese momento se sintió atrapado, lo volvió a insistir una y otra vez con besos y cariños hasta llorar y pedir por favor mientras su mamá le repetía que era un caprichoso y que a caprichoso, caprichoso y medio. Le contó a su primo y a algunos de los chicos su frustración.

Entonces se le ocurrió una idea genial, que no podría fallar.

Hizo que uno de sus amigos fuera hasta la casa para invitarlos a él y a su primo a tomar la leche y jugar al TEG a las seis y media de la tarde, por supuesto su casa quedaba lo suficientemente lejos como para que la coartada funcionara.

Los chicos fueron autorizados a ir, el campo estaba libre.

Su primo y su amigo lo acompañaron hasta la parada del colectivo y lo despidieron, ahora ya estaba por la suya.

Cuando llegó a la casa de videos rápidamente empezó a buscar a su odalisca entre las máquinas ruidosas y multicolores pero no la podía encontrar. Ya en la tercera recorrida tenía miedo de haber llegado tarde o temprano, pidió la hora.

-Siete y cuarto.

¿Por qué no está? (se preguntaba una y otra vez)

Como a las siete y cuarenta y cinco la odalisca y dos amigas entraron a los juegos compraron fichas y se fueron al Mrs Pac Man.

Enseguida Ariel apareció saludando.

-Hola…

-¿Qué hacés acá vos?

-Como, me dijiste que venga a las siete.

Las chicas se miraron entre si y se rieron, se rieron porque no lo podían creer, se rieron de la ingenuidad, se rieron por tantas veces que ellas mismas iban a sufrir, fue entonces que Ariel entendió y emprendió el regreso a casa derrotado y con el corazón en coma.

El mundo le había dado la espalda y nada podría ser peor que no tener a su odalisca, no tener sus besos, no tener su amor.

El verano ya no tenía sentido, la vida no tenía sentido luego de que recordaba la cara de burla de su amor imaginado. Ariel se dejó absorber por el asiento del colectivo y pensó en como les contaría a sus amigos su mala suerte. Pensó en las cargadas de los pibes, esas que duelen, pero era lo que menos le preocupaba.

Pensó que iba a hacer después de aquel revés, como iba a digerir tanta amargura.

Por unos minutos fue un hombre sufriendo, un hombre al que nada le podía ir peor, la transformación había ocurrido en el 500 a la altura de Costa Azul.

Se paró y tocó el timbre, y cuando bajó, con la mirada en el piso y el corazón en la mano se dio cuenta de que su vieja lo estaba esperando en la parada enfurecida. Mientras corría esquivando los cachetazos, Ariel pensaba en todos los matices que ofrecía la vida y en como la frustración con su odalisca había pasado a casi ni importar frente a las duras palmas de las manos de mamá.

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