Me Cago en el Amor

Tarde gris en la ciudad. Me revuelve el estomago tanta impaciencia, una ansiedad que late profundo en el vientre. Buenos Aires es una ciudad que te come crudo y ni siquiera te pide permiso. Una ciudad atrevida, llena de pasajes y lugares prohibidos, de amores y desencuentros, de odios y violencia. Pero fundamentalmente, una ciudad que rebalsa de romanticismo.

En cada calle llueven los desencuentros y arrecian las sensaciones de vacío. Un vacío inmóvil dentro de mi cabeza. Miro hacia arriba, y solo veo palomas, testigos involuntarias de mi desventura y una mujer que sale al balcón para colgar la ropa en un tender blanco, se la ve exhausta, me pregunto como serán sus días, ¿Cuál era su visión del mundo y sus deseos cuando tenía veinte años menos? ¿Habrá logrado algo de todo lo que deseaba? ¿O solo vivirá la angustia del fracaso silenciosamente, como un invitado a su propio funeral?

La tarde me llena de preguntas y yo me niego a pensar. Es las últimas semanas siento que todo me cuesta el triple de lo común. No puedo ni siquiera empezar el día, desde que abro los ojos y experimento la luz ya todo me cuesta y aunque me levanto como chicotazo y me meto en la ducha sin siquiera razonar algo, no puedo evitar que me alcance. No quiero una queja hincha pelotas, no quiero escribir sobre lo mal que se siente experimentar el mundo. No quiero quejarme más, porque ya no soporto mis propias quejas. No quiero sorprenderme a mí mismo haciendo una lista de quejas y puteando contra mi suerte miserable.

Hay una brisa exquisita esta tarde, el aire lleva millones de partículas de millones de personas de todo el mundo, el 60 por ciento del polvo está compuesto por piel humana.
La mujer cuelga la ropa, yo sufro una vez más por mis propios impedimentos mientras escucho a los tindersticks y me digo que tengo que reordenar finalmente mi blog y agregarle los mp3 y el ingreso al chat. Camino pero en definitiva me doy cuenta que no tengo ningún lugar a donde ir. Es una sensación horrible la de acostarse a dormir y sentir que si sufres un ataque cardíaco por la noche y mueres, lo harás solo. Nadie se dará cuenta hasta después de que hayan pasados unos cuantos días. Entonces encontraran tu cuerpo rígido y hediondo entra sabanas manchadas de muerte en la que solía ser tu propia cama, y alguien se mirará con otro y seguramente se pondrán de acuerdo: “Murió solo, pobre tipo”.

Mi alma de hormigón espera el verano este año, no quiere más inviernos ni otoños, ya tuvo más que suficiente de ambos, la primavera es efímera y además me da alergia, so, quiero el maldito verano para irme al mar.
Es lo único que me calma, una playa, arena, agua salada, sol, nada que hacer, sin preocupaciones, mujeres en trajes de baño.
Si, este año espero el verano como nunca, es una sensación que vive dentro mío hace unos meses, solo verano para mi expiación.
Muchas veces pienso en el amor perdido, los momentos regalados en nombre del amor.
Un amor garca, egoísta, que pide todo para el y no quiere dar nada a cambio.
Aprendés a perder con el amor, aprendés a soltar como un indolente, aprendés del olvido y sus metáforas, la diferencia entre irse y huir.

El amor me raptó hace algunos años y me llevo de paseo al tren fantasma y cuando llegamos al lugar del ahorcado hubo un corte de luz general que nos dejó aislados e inmóviles en el medio del recorrido.
Y ahí lo pude ver. Sin luz, el amor maldito, el todopoderoso, el despreciable, sin luz, no es más que un montón de promesas sin sentido, no es más que caricias descuidadas, no es más que dos jadeando confundidos, pegados por una parte de su cuerpo. Sin luz el amor no es más que un montón de buenas intenciones, no es más que vos ni que yo, nos exprime contra el piso, y cuanto más nos duele, más nos gusta y le pedimos que no pare nunca; un azote más en nombre del amor. Los amantes festejan con sus cuerpos la llegada del amor. La existencia de algo que en la sombra puede volverte loco. Como diría Tonino “Me cago en el amor”.

Y así estoy, sigo intentando romper los molinos de viento pero ni siquiera puedo encontrarlos en la guía Filcar, siempre termino en la puerta de la cancha de Excursionistas, lo que me deja tiempo para pensar y volver a mi casa caminando.
Pensar en un libro más, en una película más, en un disco más, pensar en las mujeres que conocí en mi vida. Muchas veces pienso que será de la vida de algunas de ellas, y me dan deseos irrefrenables de buscarlas, una vez que las localizo me doy cuenta que soy un ridículo y termino deshaciéndome del papelito con el número telefónico. Lo tomo entre mis manos, lo miro una vez más, lo estrujo entre mis dedos y lo destruyo enérgicamente, como quien trata de destruir un pasado pensando que de esa forma todos sus errores se irán a la basura al igual que el bollito de papel.

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