Pol Aka

Embriagado por la sopa de remolachas, cuento esta historia, después de comerme todos los semáforos de avenida Córdoba. La risa de Flor permanece en mi cerebro hasta este mismo momento. No es que haya sido la risa más estrepitosa que haya escuchado en mi desaprovechada vida, pero es la de ese personaje chiquito y pecoso y adorable, que de solo verlo me enternece y me dan ganas de abrazarla y regalarle un bocadito holanda, de esos mitad chocolate mitad frutilla.

La noche empezó dura, no me lo vas a negar, pero poco a poco y a fuerza de papa y vino se fueron desapareciendo todos los fantasmas que acompañaban nuestros fatídicos recuerdos, uno del otro, el caos de la bomba atómica, el peregrinar constante para nunca encontrar la diérecis en todo el puto teclado. Claro que siempre existió el character map, pero ese nunca fue nuestro estilo.

El puto Ashton o Arton o como mierda se llame contándonos su vida en una cena surrealista, el lugar era propicio para dos almas desencatadas de todo. Dos almas que experimentan la vida sin sabores, una vida que sabe igual a comer frutillas con crema y no sentirles el gusto, solo sentir el sabor del carton, o de la madera balsa. Tragar la crema como androides intentado hacer que algo es como no es. Mi tía Beatriz decía. “al mono, por más que lo vistan de seda, mono queda”. Claro que la pobre tía se ha equivocado tanto, que no vale ni la pena hacerle puto caso.

Greta se come el hueso de nylon y hace ruido como reloj cucú, es que son las 2:14 y yo se que es hora de irme a dormir, mis ojos me lo están haciendo notar desde que casi te erro ese beso adolescente con gusto a bisnike. [nunca me gustó el bisnike siempre preferí el toblerone].
Mensajes entrecruzados y un sabor a “estamos haciendo las cosas bien”, me hacen irme a dormir con una sonrisa dibujada en los labios y un calentura digna de un velociraptor en celo y con cinco días de ayuno. Es que niña, si te me vas a aparecer tan guapa debes avisarme, menos mal que ya no te arreglas para verme, sino sería una catástrofe para mi y mi muñeca.

Siento la almohada confidente rosando contra mi cara, y mi sonrisa no deja acomodarse al resto de mi cachete, me abrazo a mi mismo y es hora de sentir las uñitas de Greta que se acercan con ese ruidito característico, como para que no la escuche, a lo Fred Astaire y terminan en un sobresalto de un cuerpecito peludo [digno bebé de hombre lobo] subiendo a mi cama y acurrucándose a mi lado.
Ojalá que el puto publique su libro y nos incluya en un apartado, como los matados más simpáticos que una noche de martes pudo alguna vez soñar con tener.
Besos Tía, que descanses.

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