LLuvia de verano – Parte II

La tragedia de la vejez no es ser viejo, sino haber sido joven.
Oscar Wilde.

Segunda Parte:
Llegamos a los reservados de Pirámide, yo, a su espalda, contemplaba fascinado su culo apoteósico, ella, intentaba esquivar los puchos de los que estaban enroscados en los sillones. Me guió todo el tiempo, eligió el lugar donde sentarnos y marcó el tema de conversación, me preguntó por Telli, por mi vida, por mis viejos y mis amigos.
Hablamos hasta que ya no había tema de conversación, en ese momento mis dieciseis años se hicieron presente en el lugar con todo su esplendor y me hicieron bailar al ritmo de la inseguridad. El bien y el mal por un momento fueron uno, y me transpiraban las manos, las constelaciones se alinearon formando todas juntas la figura de un osesno jugando con una pelota, y mi frente no dejaba de sudar, hectolítros. En ese momento solo pensaba en dos cosas, ¿por qué los humanos no venimos con limpiaparabrisas en la frente? ¿intento llegar a esa boca, si o no?

Me di vuelta y dije algunas palabras inentendibles, ella me clavó esos ojos, salidos de alguna película de film noir de los cuarentas, la luz negra de los reservados hacía brillar su pantalón blanco, tenía el atado de marlboro en las manos con el encendedor adentro, entre los cigarrillos.
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Si dale.
-Mirá, vos vas a pensar que estoy loco, o que soy un zarpado, tenés todo el derecho a pensar eso. Es más, si alguien como yo me hablara de ésta manera yo pensaría lo mismo, pero hay algo que necesito saber para poder irme de acá y seguir viviendo con la tranquilidad de que se la respuesta.
-…¿qué es?
-¿Querés transar conmigo?

En ese momento, mis oídos oían una sonata de Scarlatini tocada por Clara Haskil, pero cuando sonaron esas palabras toscas, saliendo de mi boca como una turba enloquecida a la que se le hace tarde para llegar a linchar al comunista del barrio, fue como si hubiera saltado la púa del disco. Así terminaron de sonar esas interminables veinte letras en el aire Q U E R E S T R A N S A R C O N M I G O.

Mis ojos se pusieron más pesados. Pesados pero no con un peso como cuando el sueño te vence los párpados, sino, el peso de la vergüenza, ese que te hace bajar la mirada como cuando tu viejo te recaga a pedos la primera vez que le afanás el auto y te das una vuelta con tus amigos. En ese momento por mi cabeza pasaban frases:
¡Que boludo, como le mando esto así! Tendría que haber esperado, invitarla a salir. A las chicas les gustan los que no les dan bola, los que las maltratan y andan por la vida haciendo sus propias reglas, no les gustan los pendejos ansiosos con olor a perrito mojado, soy un pelotud…
-Si. (se oyó y volvió a saltar la púa en medio de la interpretación de Paco de Lucía de El moscardón)
Me acerqué a ella, ella se acercó a mi, y entonces toqué el cielo con las manos.

Sentía mis labios contra los suyos, su sabor, su lengua jugando con la mía, tenía un sabor que me electrizaba, era exquisito, en ese momento supe que no podía dejar de hacer esto nunca más, no quería dejar de hacerlo, pensaba en toda una vida con mi lengua metida en su boca, claro que eso iba a traer aparejado algunos transtornos alimenticios, pero en ese momento firmaba por anorexia eterna a cambio de su boca. Me abrazó, la abracé y empezo a acariaciarme la espalda, pasaba sus manos preciosas rosando el piqué de mi piqué rosada [Dustin H era la marca] yo hacía lo mismo con mis manos inquietas, tocaba sus cachetes, acariciaba su pelo enrulado, hasta que empecé a tocarle las tetas, y ella no opuso resistencia, es más, se vino con todo su cuerpo hacia mi y apretó mi mano contra su teta.
-Vamonos de acá, no da para estar encerrados (de repente era un genio y proponía esas cosas que nadie proponía, ella me miró encantada y me dijo)
-Dale!

Avisé a mis amigos, y ante la cara freezada de telli, me fuí con ella de la mano del boliche.
Caminamos juntos por avenida San Bernardo, no hacía frio, caminamos unas cuadras más y nos sentamos en la pared de un bar abandonado, yo me senté mirando para el lado de la avenida y ella enfrentada a mi, rodeando mi cintura con sus piernas y sentándome todo su culo en mis rodillas, abrazados.
Hablamos de las cosas que nos gustaban, luego vinieron las confesiones típicas, estilo,
-Vos me gustaste desde el primer momento en que te vi, pero no me diste ni bola y te fuiste.
A lo que yo respondía:
-¿Estás loca? Jamás hubiera pensado que me ibas a dar bola vos a mi, por eso desaparecí.

Así dejamos pasar el tiempo y la madrugada entera. A ella le gustaba INXS a mi Black Sabbath y Led Zeppelin, ella fumaba Marlboro king size yo fumaba box, ella quería verme al otro día, yo no quería dejar de verla nunca más.

-¿Me acompañás a mi casa?, estoy en la Costanera y ésta.
-Si, vamos.
En la caminata, alternábamos pasos con besos, largos besos, nos apoyábamos rabiosamente. Su boca, omnipresente en mi memoria. Hice una teoría sobre su boca. Todas las bocas tienen solo unas cuantas que encastran justo entre si. Nuestras dos bocas eran de ese tipo, doscientos por ciento compatibles, se habían estado buscando toda la vida.
Su boca era perfecta para la mia, no sobraba nada, no nos mordíamos ni nos babeábamos ni ninguno de esos defectos de besos tipo lengua de lija o baba pegajosa, eran besos perfectos.

Recuerdo que la dejé en la puerta de su edificio y no me quería ir, y era testigo, único testigo de que a medida que se hacía más presente la luz del día, su belleza se agigantaba, tenía unas pecas adorables, una piel suave como la seda y de color trigueño, su sonrisa brillaba con el alba y me mataba, yo hasta ese día era ateo, producto de las malas experiencias en las escuelas de curas a las que había sido enviado por mis padres, pero volví a creer en dios viéndola decirme:
-Chau, mañana no me dejes plantada eh!

Jaja, aún hoy miro mis manos como las mire ese día, y noto que están un poco diferentes, producto de los años pasados, de tocar el bajo y la guitarra y del trabajo de editor que llevo adelante, pero aún puedo recordar mirando mis manos la gracia que me causó ese “no me vayas a dejar plantada”. Si estoy pensando en dormir acá mi amor, abajo de la escalera que lleva a la puerta de tu departamento, solo para estar seguro de que estés bien, de velar tu sueño y protegerte si tenés pesadillas, de que nada te impida llegar mañana a buscarme, debí haberle dicho. En fin, cosas de chicos de 16 años que se acaban de enamorar.
Esa mañana me costó dormir, cuando llegué a la casa donde paraba, mis amigos habían comprado facturas y tomaban mate en el jardín, me sumé inmediatamente porque no quería que pase otro segundo sin que ellos, mis compañeros de todas las aventuras, supieran que El Tano, estaba enamorado.

Esta historia continuará.

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