De oráculos y paranoia


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La imagen de un niño saliendo del cuerpo de su madre, como la noche, un misterio de tranquilidad me abraza mientras que Diane hace lo mismo desde el equipo, su voz, omnipresente, llena de magia, invade mis sentidos poniéndome en el estado que más disfruto a la hora de colgar mi piel en una silla cercana y desnudar el alma. Mi torpeza inquebrantable me deja expuesto otra vez, y entonces que hago, escribo, perdido en el papel, sin saber exactamente que vine a decir, o si quiero decir algo.

Hay una cosa cierta, a ver como lo digo, me dieron un oráculo enfermo, un botón de ansiedad, unas ganas de regalarme unos años nuevos. Siempre me causaron gracia los horóscopos, los leía con el solo fin de reír mientras mojaba las medialunas de manteca en el café con leche de “La Esmeralda”, una coqueta confitería donde suelo tomar café con mis amigas las ancianas. Pero vamos, cuando las palabras que les voy a reproducir atronaban mis tímpanos una a una sin conmiseración, mi cara empezó a esbozar un gesto de preocupación muy difícil de disimular. 1-¿ es que todo éste sonido desparramado en el aire puede llegar a ser verdad? 2-¿Podré pedir asilo en la embajada Rusa que es la más cercana que tengo?

“El astrorey está llegando a Sagitario y con él llegan para sacudirlos los vientos fuertes del amor apasionado. Cupido les acertará un flechazo que les marcará por siempre el corazón (no importa cuan duradero sea el encuentro con la persona) todo en sus vidas serán cambios para bien. [claro cambios, ¡una boludez!]
Lo único que deben procurar es no aturdirse, [yo ya estoy sordo] acomodarse en el centro del torbellino y dejarse revolcar por las alturas [linda metáfora] Todo irá de parabienes, la vida les pide a cambio solo que confíen.” [claro, confiar, cosa fácil, gilada]

Luego de escupir el café con leche con restos de factura sobre el mantel virginal, mi cabeza ya no tuvo tope, empezó a pensar, y cuando eso pasa, créanme, el resto de mi cuerpo no se siente agradecido.
Cuando se idealiza el deseo en amor, el resultado es casi siempre sufrimiento. Parece que a muchas personas el juego “cazador-presa-presa-cazador” no los hace sentir cómodos e intentan todo el tiempo enmarcar sus relaciones en un deber ser, por ejemplo, mezclar el sexo con estar enamorados.

Entonces mi cabecita ingenua se pregunta, ¿es que me tendré que volver a enamorar o aún no estoy enamorado? ¿Nunca lo estuve? Todo incertidumbre, como cuando era chico y mis viejos me dejaban solo en esa casa fría, oscura y enorme. Yo sentía ruidos en la terraza mientras intentaba dormir temeroso en mi cama, entonces me sentaba sin destaparme, sosteniéndome solamente con la mano derecha y no hacía ni un cachito de ruido, nada, dejaba de respirar y solo intentaba sentir la repetición de ese ruido o identificarlo en pasos para poder dar rienda suelta al pánico e intentar un llamado telefónico a alguien que jamás iba a poder asistirme. Ese tipo de incertidumbre vivo hoy, en noches largas e insomnes, sometido por una nariz llena de mocos y la persistente decisión de no meterme más nafasolina, es que estoy en mi etapa homeopática.

Tengo miedo, en realidad estoy aterrado, me atemoriza tener que volver a vivir todo lo que he vivido en otras épocas, esa sensación de cajones vacíos, esa certeza de que un nuevo aprendizaje está tirando la puerta de mi departamento abajo y yo como siempre, me hago el dormido y no le quiero abrir, a fin de cuentas hoy, no hay mejor ciego que el que no quiere ver.

El temor a confundir nuevamente eso que a veces él piensa como enamoramiento con el deseo, entonces, decido caminar por la calle, me voy a caminar por Cabildo a intoxicarme en la jungla de las mil almas, a llenar de gas-oil mis pulmones, a que me lleven por delante un poco a ver si me cae alguna ficha o un juego de ruleta entero en la cabeza, como cuando eras un niño y buscabas fotos en el placard de tus viejos y movías lo que no tenías que mover, luego sentías el golpe multicolor e inmediatamente el piso lleno de fichas arcoiris, quiero primera fila, tercera docena, colorado el 34.

En la calle no encuentro nada más que una llamada en el celular y a ella que me sorprende y sobresalta, pasa tan cerca de mí, que su mejilla casi roza la mía, tiene la belleza de la juventud de su lado y yo, me encierro en un vacío inmóvil. ¿Y si es ella? Lentamente da vuelta la cara, me mira y pela su mejor sonrisa, luego sigue su camino determinada, mientras, yo me inmovilizo e intento comprar a la fuerza un agua mineral de medio litro. -“hay que tomar tres litros de agua por día” me dice Mr. Kiosquer, y yo pienso que cuando era tan pendejo como ella, eso me importaba menos que los incendios en Paris, hoy no me queda otra que responder -“uno se genera la vejez que quiere” y me voy silbando bajito sintiéndome el Sai Baba de Coghlan, por lo trucho.

Cuando finalmente me empezaba a tranquilizar y a olvidar el mal trago aparece ella, graciosa. Tiene la habilidad de sorprenderme como cuando mi profesora de psicología me encontró copiándome del libro [uno de tapa verde y que no recuerdo su nombre después de ese día] y me dijo “¿Se copia bien solo o quiere que le dicte?”. Si, ella es así, tiene ese don, te deja ciego como cuando mirás el sol, te aturde cuando se queda callada, te abre los ojos cuando es ella. Mientras Solcito oye mis penas vía EvilMsn yo pienso ¿qué es lo que hace que alguien sea tan encantador? ¿será el genoma humano del que tanto habla el diario Clarín? Como sea, se tuvieron que mover muchas cosas en el universo para que nos encontráramos hoy, y yo solo deseo mi vida tal cual está y eso incluye tu felicidad, por eso estoy tranquilo, porque en definitiva no son más que palabras en un horóscopo, un mal análisis, un deseo adolescente, un rayo en medio del campo, el fondo del mar. Igual te pido que me creas, hoy quisiera descolgar del fondo de mi alma un globo rojo y regalártelo con un cielo de sábado a la tarde.

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