Un cacho de vida

Vivía con la convicción de que cada amanecer iba a ser el último, con la certeza de que él no había sido concebido con el fin de llevar una vida tan chata. Por las noches perdía su mirada en la pared alternando solamente consigo mismo. ¿Dónde abandonó el impulso vital? ¿Qué justifica toda esta casa, televisor, cocina, extractor, muebles y cuentas pagas? C. entraba a su trabajo más temprano, eso le daba la posibilidad de pasar horas en su cama comparando su vida con su idealización de la felicidad.

Su irritante propensión al desgano y a la dejadez no preocupaban a C., cuyo único anhelo parecía ser reproducirse, ¿acaso él era solo un espécimen de macho fértil con ingresos y una propiedad? ¿es ésto el amor que alguna vez se profesaron de la mano en una plaza de Ramos Mejía? ¿valió la pena acompañarse tanto tiempo? Mientras, las hojas del calendario eran arrancadas implacables. Nadie puede alcanzar al tiempo, mucho menos intentar vencerlo.

Las semanas se le iban de las manos como los segundos en una carrera olímpica de cien metros llanos, vertiginosamente, no como su vida, que parecía más bien un obeso postrado con vergüenza de salir a la calle por miedo de que, a la repugnancia que se profesa a si mismo ante el espejo se le una la de la jungla. Todos los sábados llegaban, no había manera de escaparles, entonces el se refugiaba debajo de la pollera de su madre, una especie de yarará asustada y de mordida letal, amante de escupir veneno entre comidas.

Ese dato lejos de ayudar en algo solo traía más confusión y desencanto: “El amor es así las parejas son así, con tu padre hace años que no nos acostamos, me da asco, pero aún así seguimos juntos y eso es algo muy valioso, eso también es amor
Creanme que siempre quiso creerle con toda su alma, por eso se ceguó y se quedó sordo, por eso se cortó los brazos y se arrojó del décimo piso, por eso aceptó su invalidez hasta con felicidad, dejen que las palabras vayan a él que ni remotamente podría llegar a escucharlas.

Toda esa desilusión, todo aquel desencanto se vivía cada veinticuatro horas, después de cada porción de tarta de jamón y queso, después de cada remera desteñida, después de cada visita a la casa de los padres de C, quienes en comparación con sus padres, eran progres. Un hijo de italianos desempleado y paranóico, y una mujer sumisa, holgazana y risueña, que gustaba de guardar secretos con su hija, sobre el catálogo de avon o de como comprar electrodomésticos con la colaboración de él, pero sin su consentimiento.

Todos estos pedacitos de nieve abandonados en la ladera oeste del monte “Nuestra Vida Juntos” se fueron juntando y empezaron a rodar montaña abajo, hasta que una frase, solo una simple frase que pudo haber sido invalidada por la bronca con la que se hizo real. Una frase que trajo consigo la avalancha: “Tu mamá siempre se mete en todo y hace lo que quiere con vos” le hizo ver que su espacio ahí se había extinguido para siempre.

Se vió en la misma toma de la misma palícula en la que vió a padres, tíos y primos, y decidió que no quería eso, decidió que el mundo era visto por él de manera diferente. Dejó de desconocer que C. era insensible y carente de sutileza, que no apreciaba ninguna de las formas de arte a pesar de haber hecho ballet, que no amaba recorrer el mundo como él, que los viajes a Malasia, Indonesia, La Dominicana, no habían sido más que una pérdida de tiempo. Vió que C. era una manipuladora, dudó de su sinceridad cada día más, hasta que estuvo listo para hablar y terminar con todo.

Su ímpetu varnonil y seguro, sus ansias de libertad tardía pero libertad en fin, chocaron de frente contra la implacable realidad del evatest positivo. Algunas personas aún, piensan que pueden tomar grandes decisiones.

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