La Jaula


Leer acompañado de esta canción.

Amanece, todavía me siento adormecida. ¿El que está al lado mío será Juan o será Antonio? Dormir en este lugar ha sido siempre un infierno. ¡Tanta impermanencia! He pasado tanto tiempo aquí que ya no recuerdo de dónde vengo, por más que intento llevar a mi cabeza un poco más afuera de mi cuerpo y de mis temores no llego a ningún lado.

Esta maderita que me sostiene es lo único cálido de esta vida a la que ya empiezo a acostumbrarme, como me he acostumbrado al sabor de la comida fácil. Las caras de los que me acompañan en esta jaula oscura no se llegan a distinguir del todo, no se si son los mismos de ayer o algunos ya no están más y fueron reemplazados por otros, habrá que esperar que quiten el papel de oscuridad.

La mano entra muchas veces en el día últimamente y por más que intentes correr siempre te alcanza, cuando la mano fija sus deseos en vos, siempre te alcanza, yo hace tiempo que no corro de la mano, he aceptado que algún día me alcanzará, espero el día que me toque mi turno, con hidalguía, ya no le temo a la mano, nunca más.

Ni siquiera a los gigantes que se paran enfrente de la jaula y vociferan incoherencias, es más, he aprendido a guardar un poco de pena por su pobre existencia, los veo tan enormes como tristes, los veo vagabundear por la vida, tanto que me vienen a buscar a mi, o a otros como a mi. Es ahí cuando la mano entra en acción, por más sonidos guturales que me vuelen las plumas, ya no me asustan los gigantes y sus golpes en la jaula, no les tengo temor, me dan pena, pena.

Doy un brinco, bajo del palo que me sostiene, piso el piso de barrotes que tanto me hace doler las patas, me acerco al agua que está llena de restos de comida y cáscaras, me agacho y bebo, imperturbable. Lleno mi pico de agua sucia y fresca, me meto dentro del recipiente y mojo mi cuerpo, me sacudo con fuerza, como intentando arrancarme esta vida cautiva. Luego volveré al palo y a la espera, a mi propia indolencia y frustración, ¿dónde quedó mi vida?

Entonces canto, canto todo lo fuerte que puedo. Canto con los ojos cerrados intentando contar mi pena. Lo hago sabiendo que puede ser mi fin, que puedo terminar aún más lejos de donde empezó este viaje, lo hago porque siento tristeza, tristeza y dolor es lo que siento. Canto porque es el único hábito que conservo de la otra vida que alguna vez tuve y hoy ya no recuerdo. Me alinea, me llena la cabeza de imágenes difusas, me recuerda quien soy, o quien fui.

Son pocas las cosas que me recuerdan quien soy o quien fui, por alguna razón caprichosa del destino no puedo guardar muchos recuerdos. Se me van de la cabeza como el alma del cuerpo cada vez que siento los gritos de algún amigo atrapado en la mano.
Esta impermanencia me dejó solo en esta jaula, con otros condenados como yo, a no retener el pasado, a no vivir la vida, a esperar a la mano que te apriete y te saque en la cara de todos a pedido del gigante, para llevarte a ese lugar del que nunca volverás.
¡Si tan solo pudiera acordarme si el que está al lado mío es Juan y no Antonio!

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