Fotos rotas

Con la misma impotencia con la que te observé rompiendo tu foto en mi rostro, fui testigo de como uno a uno mis sueños se destruían en mi cara. Claro, yo soy una persona que piensa en el futuro en vez de vivir el presente, eso no es ninguna novedad, uno más del grupo infecto de suplicantes por una vida llena de reaseguros, un invitado más a la gran fiesta de disfraces vestido de ambo negro y corbata al tono, uno más de los que observan fascinados golpearse a dos hombres en la calle y disfrutan de cada golpe acertado en la cara o del sonido de algún hueso quebrándose.

La mañana del miércoles me sorprendió amnésico y sobresaltado. Poco a poco mientras mis ojos empezaban a hacer foco en el nuevo día empecé a recordar por qué ya no quería volver a despertar la noche anterior. ¿Cuándo se termina algo? ¿Cuándo se acaba? Me levanté rápidamente intentando no hacer ruidos de más. Me metí en el baño y encendí la ducha, siempre abro primero el agua caliente y la balanceo con el agua fría hasta lograr la temperatura deseada, es como un ritual para mi.

Me desnudé silenciosamente y entré en la bañadera. Miré mis pies que me observaban como siempre, llenos de uñas. Tomé el shampoo y puse un poco en mi mano. Froté mi cabeza intentando irme un poco de esta realidad. Cada vez que me lavo la cabeza cierro los ojos e imagino que estará haciendo la gente que alguna vez quise, tengo pensamientos descolgados, quisiera saber si alguno se estará lavando la cabeza en este preciso instante y si le llegarán vestigios de mis pensamientos, un unísono a la distancia.

Después de enjuagarme mis pocos pelos me froto el cuerpo con gel de ducha; odio el jabón y los pelos pegados en el jabón. Cuando los usaba siempre me tomaba el trabajo de quitar pelo por pelo de los jabones, hasta que I. me pegó el placer por el gel de ducha. ¿Qué será de mi vida después de hoy? Tengo muchísimas ideas de lo que puede llegar a ser pero no tengo ganas. Se me fueron, o las perdí en alguna boca de tormenta. La sensación es similar a la que se siente cuando, sentado en una posición cómoda, quieres algo para lo cual tendrías que pararte pero no tenés la menor intención de hacerlo. Entonces cierras los ojos, los cerrás bien fuerte y te concentrás en intentar que el objeto levite y llegue hasta tus manos, estado de control remoto mental, así estoy.

Me siento muy enojado, siento el enojo en mis entrañas. Mucha gente cree que me enojo todo el tiempo, y me dicen “te tenés que relajar un poco más”, yo creo que no me enojo casi nunca. Lo cierto es que no es tan cierta ni una afirmación ni la otra. Hoy lo estoy, podría escupir fuego por la boca como el más feroz de los dragones.
Ah dragones, ni me hablen de los dragones, debería haberle hecho caso al mantelcito de papel del “Todos Contentos” donde dice “si sos perro aléjate de los dragones”, pero con la soberbia que me caracteriza y me hace aparecer ante el mundo como un insoportable, lo ignoré de plano y seguí mi camino convencido de que llegaría al castillo encantado.

Y me perdí, y ahora estoy en esta ducha con el aroma a coco del maldito gel, el pensamiento entumecido por las malas noches y el alcohol barato, la pileta llena de trastos sucios y la ingenuidad de un niño cuando deja de llorar porque le prometen un chocolatín. ¡Cómo pesan estas gotas! ¡Como pesan estas manos viejas! Quiero llorar, pero no me salen lágrimas, se que todo mi cuerpo llora a gritos, conozco esa sensación, hasta siento el ahogo del llanto y la nariz tapada por la actividad de las mucosas. Aún así mis ojos parecen no haberse enterado. “El fluído salino no está”, le indica la glándula correspondiende a “Monsieur cerebro” y éste se pone la mano en la barbilla y esboza un “mmmm complicado…”.

¿Qué será de mí después de hoy, de todo lo dicho, de todo el camino recorrido? ¿Habré encontrado alguna respuesta? ¿Seré más sabio y maduro que ayer? Me miro al espejo mientras termino de secarme con mi toallón favorito y digo “vamos, se sabio ¡YA!” una y otra vez intento convertirme, pero no pasa nada. No me crecen alas doradas en la espalda ni sale de adentro de una tetilla un supertraje blindado de superhéroe. Sólo se oye el tráfico inquieto de Olazábal, un suspiro perdido de Greta, el trinar de las maderas del futón, algunas gotas que caen del duchador y el más sepulcral de los silencios.

Pienso, quisiera decirte tantas cosas, quisiera que me poseas, que entres en mi cuerpo como un demonio y experimentes el latido de mi corazón como si fuera el tuyo, que lo sientas desbocado como te va quitando de a poco el aire, que limpies las telarañas de mi tristeza incomprensible pero real, y que busques en todos los rincones de éste hombre marchito a ver si encontrás la falla que no deja que las lágrimas broten de mis ojos como debe ser.

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