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Leer junto a esta canción.

Son las nueve y cincuenta y seis y acabo de recibir mi primer saludo y el primer regalo.
“Píntame los labios” de Francisco Bochatón, mi disco favorito de todos los discos. P.L.L. había desaparecido de mi casa hace tanto ya que no podría precisar ni la fecha ni las circunstancias en las que lo hizo. Cada tanto trabajaba algunas hipótesis para intentar dilucidar ¿Qué le había ocurrido a P.L.L.?

De todas esas teorías baratas sin duda mi favorita era que I., enojada conmigo cuando nos separamos hace tres años, se lo llevó consigo a Europa, infringiéndome con éste único acto inapelable el más grande castigo que podía existir. Enseguida que pienso en esto me miro al espejo y me increpo: ¿Siempre el mismo insensato, romántico, paranoico y pelotudo vas a ser o algún día tenés planeado madurar? Y de paso ensayo un ¡Madurá ahora, YA!
Pero una vez más no obtengo resultados visibles.

La última canción de P.L.L. se llama “Puerto Amar”. (Una canción maravillosa como pueden apreciar los que bajaron el tema y lo están oyendo) En ella puso voces y guitarras María Gabriela Epumer. La última vez que escuché P.L.L. Mará Gabriela estaba viva, hoy que P.L.L. vuelve a casa Mará Gabriela ya no está más viva y el disco cambia, la canción cambia, toma otra dimensión de angustia, es la muestra de que todo es más vulnerable de lo que parece.

Mientras escucho y tomo algunos mates pienso en el desarrollo de la vida, en cómo ésta se abre paso, la veo a Fiona anoche bailando disfrazada de conejo sobre ese escenario, intentando combinar los pasos impuestos por su voluntariosa maestra de la salita amarilla del jardín de tres. Observo sus ojos que la buscan para acertar la coreografía y poder combinar el movimiento de caderas con el golpeteo de su zanahoria de plástico contra el piso del escenario y al mismo tiempo siento que me busca entre la gente, cegada por las luces que de frente iluminan el escenario. Me descubro aplaudiendo al ritmo del conejo como en trance, sin importar que la música ya se haya terminado.

A veces en la mitad del gran viaje la vida da un timonazo, que puede hacerte costar el resto si no te aferrás bien a ella. Le puede ocurrir a cualquier viajero que se precie como tal de la misma forma que a María Gabriela, así, en lo que dura un chasquido de dedos, en lo que cae una moneda en la tickeadora de boletos de un colectivo. Hago esfuerzos por recordar qué estaba haciendo cuando me enteré de su destino pero no logro visualizar nada específico como por ejemplo si me pasa con John Lennon. Cuando cumplía diez años lo estaban matando a John en New York, era el ocho de Diciembre de mil novecientos ochenta. Cierro los ojos un momento y dejo que mi mente se llene de Eleanor Rigby (aunque no tengo idea si la escribió John o Paul) y me transporto hasta el memorial de Imagine en el Strawberry Fields del Central Park de N.Y., ubicado frente a la calle en la que vivió sus últimos años.

Tengo una cabeza dura y viajera y yo la dejo seguir viaje, y me lleva hasta el pie de la estatua e Johnny Ramone en Hollywood, con su guitarra colgada y su flequillo imperturbable, en esa pose eterna, como si estuviera listo y esperando el one, two three, four…

Viajo hasta Graceland, Memphis, a ver a Elvis, o hasta el cementerio Marthas´s Vineyard a visitar la calavera con huesos que adorna la tumba de James Belushi, quién no pudo lograr su tan añorado funeral vikingo. Sin escalas, mi mente rumbea hacia París para visitar cuatro tumbas gloriosas, una pegada a la otra: Jim Morrison, Oscar Wilde, Edith Piaf y Frederic Chopin. Intrépida hasta los huesos mi mente viaja hasta lo más profundo de la Inglaterra rural, a ver la tumba de la voz, Nick Drake. Una hermosa parcela familiar en donde un letrero pide que no se deje nada y la gente deja monedas en el florero o notas cuidadosamente ordenadas, en algunos casos de hace treinta años. Casi la cifra de mi edad.

Y todo está ahí, nada se fue. Se fueron ellos como algún día me iré yo, o te irás vos, como se fue María Gabriela, intempestivamente o no, de vida corta o larga, que más da, lo que importa es lo que hagas mientras estás acá, lo importante es trascender más allá como hicieron ellos, todos quieren vivir para siempre. ¿Es eso lo importante? Siempre pensé en dejar algo por lo que se me recuerde, una especia de obra que deje una huella en el mar. Se me ocurrió mientras pensaba: Si muriese hoy, ¿qué quedaría como prueba de mi existencia? ¿Cómo podría saber alguien que existí? ¿Cómo podrá alguien probar que estuve aquí? En ese momento me asusté, y la respuesta sonaba inapelable: ZERO.

Esa fue una de las razones por las que empecé a escribir, fue uno más de mis torpes intentos por dejar algo de mí para los antropólogos o para las delicias de los que construyen árboles genealógicos. Y aquí estoy hoy, con mi ojo derecho maltrecho por el esfuerzo de superarme, mis manos inquietas, mis ganas de ser, la búsqueda de amar, mis recuerdos, que desde hoy, también son suyos (lucky you) Los que han estado leyendo desde hace más de un año ésta aventura literaria me conocen más que muchos que me tienen a mano todos los días, aquí he volcado parte de mi esencia, para bien o para mal, con anécdotas maravillosas o simplemente describiendo como brilla la luna desde las diferentes ventanas por las que miro todos los días. ¿Les conté que cumplo treinta y cinco hoy? ¿No? ¡Cómo pude ser tan descuidado!

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