Soñar Soñar

“…aunque casi te confieso que también he sido un perro compañero, un perro ideal que aprendió a ladrar, y a volver al hogar para poder comer.”

La mañana se despliega y mis ojos cansados sostienen las miradas de la casa a media luz. Son días extraños y por supuesto vienen de noches extrañas. Noches que traen aparejados sueños extraños, si, lo confieso, me gusta pensar que nos encontramos y nos reímos y lloramos y nos abrazamos y hacemos de nuestros cuerpos un mar de carne sudorosa y de gemidos irrespetuosos.
Te confieso que nos ví, sentados en nuestra casa construída por vos, leyendo el diario del domingo en una banca del jardín abrazados y comiendo uvas y mango.
También confieso que hasta experimenté nuestros almuerzos y hasta nuestras mejores cenas, con nuestros invitados tan disímiles, los míos siempre más divertidos que los tuyos, obvio. Sería un mentiroso si no dijera que nos ví, a mí visiténdome apurado y a vos organizando las cuentas y fumando y tomando café preparado por mis manos, las mismas que te hicieron volver loca tantas veces, y a mí diciéndote que no me gustan las mujeres que fuman, que besarlas es como chupar un cenicero, y a vos riéndote una vez más y recordándome tu edad. Y nos ví en el médico y en la compañía de seguros y en el banco y en la plaza.
Nos ví, y fue una experiencia muy fuerte desde todo punto de vista, ¿algo es algo no?

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