El destino viste buzo rojo

Era entrada la tarde noche del sábado, Argentina ya estaba clasificada para los cuartos de final y yo manejaba despreocupado por Scalabrini Ortiz con los ojos en la pista pero con la mente sumergida en mis conflictos a trascender, en los dilemas de mi mente y de mi alma.

Manejaba por una Buenos Aires mundialera con las calles invadidas por el celeste y blanco pero a la vez tapizadas por la llovizna de un invierno apurado por hacérse notar, cuando de repente y con la misma facilidad con la que los pájaros levantan vuelo y se elevan perdiéndose en las alturas, el destino decidió presentarse ante mis ojos y extenderme sus manos, unas manos de anciano sabio y yo, que soy un romántico incurable, las vi desde mucho antes de lo que debía verlas.

El destino vestía buzo rojo y llevaba mochila, tenía el pelo desarreglado y unos dieciseis años y por más que yo lo llené de bocinazos y luces, por más que yo frenaba hundiéndo mi pie en el pedal para retrasar mi encuentro frontal con él, no se detenía.

No tenía rostro, solo una nuca que giraba contra otra nuca y seguía su camino inevitable a mi encuentro. Como una burla, como una broma pesada en un velorio se me ocurrió girar el volante de mi auto, como quién hace que su perro lo corra y cuando está a punto de alcanzarlo frena y lo hace pasar de largo. Así y todo el destino siguió hasta mi encuentro y con el sabor de lo inevitable, me golpeó, y el ruido vacío del impacto hizo vibrar mi cuerpo al ritmo de la desesperación y la tristeza.

En ese preciso instante supe, de la misma forma que supe cuando nació mi hija, que mi vida, así como la conocía hasta ese momento, ya no sería nunca más lo que había sido, de ahí en adelante un trozo de mi alma abandonaba mi cuerpo para unirse a esa siluteta de buzo rojo tirada como un trapo viejo en el asfalto debajo de la pared de llovizna. Detuve mi auto y puse las balizas, tomé mi cara con mis dos manos unos segundos, luego abrí la puerta y me bajé.

Cuando busqué su silueta en el piso ya no la ví y entonces paneando rápidamente observé al destino corriendo por la vereda de enfrente con dos amigos más y huyendo de lo sucedido, observé el rojo de su buzo perdiéndose en una calle perpendicular y por más que lo llamé a los gritos para verle la cara y que me devuelva el pedazo de alma no me escuchó, solo me quedó para recordarlo una abolladura como de patada en la puerta trasera de mi auto, una marca que quedó grabada en la pintura como un recado, como una clave mágica que si uno se aleja y la observa detenidamente está diciéndome que nuestra cita, la dejamos para otro momento.

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12 comentarios en “El destino viste buzo rojo

  1. uhhh, manejar con lluvia suele ser tragico, suerte y a Dios gracias no fue nada…..
    Te juro que me asuste mucho a medida que te leia……
    Cuidate nene, cuidate
    Besos del destino advirtiendo!!!

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