Escape

Ayer al anochecer, sentí en mi estómago la presión de la ansiedad. Entonces, y como acostumbro a hacerlo desde niño, me senté delante de una hoja de papel y empecé a imaginar una historia. Pensé en hacerla en tercera persona. Así­ tomaría distancia de los personajes y, a la vez, el lector podría establecer un vínculo más de espía de la situación.

Imaginé la historia de un pintor que es encarcelado injustamente. Un personaje entrañable, de esos que nos enriquecen dejándonos frases. Frases que luego nos acompañarán durante años. Años de lectura y de conversaciones trasnochadas con amigos. Ese tipo de frases que se transforman en dedicatorias, inmortalizadas en la primera página de algún libro. Pensé en hacerlo en tercera persona, pero finalmente lo hice en primera. La libertad es un tema que da para tirar de la cuerda y que ésta se corte enseguida.

Entonces me imaginé­ encerrado injustamente en un calabozo, me vi con ansias de volar, pero con las alas llenas de petróleo. Me vi con una pierna rota, tirado como un montón de artefactos inservibles en el fondo de un armario. Alejado de la luz, escondido de la vida, como las miserias que queremos olvidar para no volverlas a vivir. Me imaginé sufriendo las crueldades más espantosas y soportando todo de manera estoica. Para que al menos una vez al dí­a, alguien pusiera en mis manos los instrumentos que me proveían alegría, un pincel, una tela y un montón de pomos de pinturas estrujados.

Pensé que esta historia tendrí­a el poder para conmover a cualquier lector desprevenido. Un artista que alguna vez dedicó su vida a la contemplación de lo bello, hoy yace encerrado en el olvido y sin posibilidad alguna de redención. Pensé entonces en aclarar que su libertad era tan ilusoria, que requería un esfuerzo sobrenatural para imaginarla. Su libertad era una quimera oscurecida por las nubes de la desgracia. Su sueño de liberación era inútil y blasfemo como el rumor de que el rey lo perdonaría y condonaría su pena.

Su alma de artista estaba encerrada en el calabozo del olvido. Les relatarí­a como, semana tras semana, desparramaba su frustración en un lienzo sucio: La vida no es más que una piedra manchada por Dios con los colores del universo. Repetí­a una y otra vez mientras dibujaba frenéticamente. Durante horas me imaginé la causa por la cual sufrí­a este tormento. Por supuesto tendría que portar la gravedad exacta.

Decidí entonces­ que lo encarcelaron por ignorancia. El rey, envidiaba su capacidad de experimentar la belleza donde no existía. Tenía el poder de abstraerse y tamizar un mundo, transformándolo en una lluvia de algodones. La ignorancia encontró a la envidia en choque frontal. Luego mutó en furia y, al ver las pinturas, esos dibujos que tenían el poder de transmitir el mundo con el que estaba conectado el artista, el Rey cegado por el odio, lo mandó encerrar.

Encerrado por “engañar al reino mostrándole un mundo que solo existe dentro de su cabeza.” Y es que el cielo que el rey veía todos los días, no era tan hermoso como el de las pinturas del artista, el agua de los ríos del reino no era tan cristalina como los ríos color turquesa de las pinturas, el color verde de la realidad empalidecí­a ante los pastizales que reposaban gentilmente en sus praderas.

Era evidente que el artista era un trasgresor, un mentiroso o solamente un hechicero, y no sería tolerado como rey de su mundo interno. Debía ser detenido y encarcelado. De todas formas no sería un problema para él, puesto que controlaba el mundo a su alrededor, entonces no necesitaba estar libre pues donde fuese, irí­a con él su capacidad de abstracción que lo ayudó a lograr que en su pintura, la horrenda fachada de la iglesia local, pareciera un castillo de cristal.

Se lo encarceló y se prohibió en el reino que se vuelva a pronunciar su nombre, se quemaron sus cuadros y se prohibió que alguien vuelva a recordar su existencia. Los dos carceleros que lo vigilaban y alimentaban, pasarí­an con él el resto de sus vidas, pues ya no podrí­an abandonar la última morada del artista, porque fueron expuestos a su embrujo.

Pensé en mostrar su escape, su libertad dibujando su evasión. Pensé en hacerlo uno con su lienzo y que se vaya hacia la tierra de sus sueños por un camino coloreado por su pincel. Un viaje hacia su pasado y su futuro. Lo observé irse ante la mirada incrédula del rey que azotaba la pintura contra el piso en vano y reclamaba a los carceleros una explicación. Los ojos el rey estaban llenos de lágrimas, es que jamás logró entender su secreto.

Pensé muchos finales diferentes y muchas maneras de escribirlos, pero finalmente me pareció una historia tan antigua y hermosa, que mil escritores seguramente ya la contaron de mil maneras diferentes. La historia del artista que desapareció fí­sicamente, para vivir eternamente transformado en su obra.

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2 comentarios en “Escape

  1. pero sin dudas que ninguna historia fue escrita con tu buena forma de decirlas, de hacer sentir reales a esos personajes.A veces y solo a veces la tercera persona nos salva.

    Besos

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