Opus

Suelo ser imperfecto, metódico y por momentos, exasperantemente aburrido. A veces inquieto, otras encantador, muchas veces un río desbordado, otras un gato bebé abandonado a su suerte. Entonces la lluvia me despierta, lluvia refrescante se mezcla con lluvia salada, de mis ojos, por mi cara, por mis labios, siento el ahogo y me mojo, siento el frío y muero un poco por dentro. Una pequeña grieta va recorriendo lentamente, con paciencia de embalsamador, todo mi interior.

Y una serie de diapositivas perversas habitan mis sueños. Dormir, ¿es necesario? ¿Es posible dormir con tanta agua revoltosa? El grito irritante de la atroz criatura que vive en el piso de arriba, por momentos me abstrae de la realidad, de esta dosis de realidad. Es que no se si saben, soy Sagitariano y me cuesta mucho hablar de realidad, tanto como ordenarme. Polly me mira con cara de ¿dónde compramos esta vida? Vos no sos mía Polly, yo no soy tuyo. No te merezco, sólo te tengo aquí en mi casa, te doy de comer los mismos cuadraditos insulsos todos los días, porque el veterinario dice que te hacen bien. Yo no te merezco Polly, los seres humanos no merecen a sus mascotas y créeme que no sé qué decirte sobre este abrupto cambio de planes, de la misma manera que no sé qué decirme a mí.

La brisa ronda la casa y el silencio habita los ambientes, es un calor que no hay aire acondicionado que pueda aliviar. Un calor vacío, con gusto a cartón con kétchup, a pizza descafeinada. Me levanto una vez más y cepillo mis dientes. Me miro al espejo y pienso estrategias, hablo con personas que no me interesan e intento mostrar interés, pero no sé si les conté que soy Sagitario y me cuesta un poco escuchar a los demás, salir de mi propia galaxia de reaseguros, rigideces varias y la mar en coche. En la universidad un tipo decía que el deseo de algunas personas es ser el deseo de otro y que ese es el origen de varias patologías.

Ser el deseo de otro, qué ridículo por dios, pensaba en ese momento. Las relaciones patológicas, como una especie de mojada de oreja del destino, marcaron mi camino, ser el deseo de otro carajo. ¡Cómo parar de comer tanta mierda! Cerrando la boca diría mi padre, con su tendencia natural a simplificar las cosas. Cerrando la boca, el deseo de otro, una vida extraña, unos días de calor, la melancolía que asalta y me deja la cara roja de cachetazos. No, si yo me puedo hacer el boludo unos años más, o tal vez empezar a vivir y probar un poco más el gusto agrio de la mierda en bandeja de plata.

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7 comentarios en “Opus

  1. yo soy acuario, y creen que me va mejor? permuto! ahora no se como se lo explicamos a las familias… lo otro: somoy individuos y somos gregarios, agárrate! sin conciencia de “si mismos” estamos fritos, pero sin el resto de los machucaos y su interés en nosotros estamos…. solos poh! No hay que tener miedo de ser un ser humano. Nadie puede esperar menos de nosotros. Ni siquiera nosotros mismos.
    Y esto me recuerda un poema de Vicente Alexandre: lo busco y vuelvo, sinó igual te escribo un par de estrofas. Se llama: en la plaza

  2. EN LA PLAZA

    Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
    sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
    llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

    No es bueno
    quedarse en la orilla
    como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
    Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
    de fluir y perderse,
    encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

    Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
    y le he visto bajar por unas escaleras
    y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
    La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
    Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
    con silenciosa humildad, allí él también
    transcurría.

    Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
    Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
    un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
    su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

    Y era el serpear que se movía
    como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
    pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

    Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
    Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
    con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
    quisieras algo preguntar a tu imagen,

    no te busques en el espejo,
    en un extinto diálogo en que no te oyes.
    Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
    Allí están todos, y tú entre ellos.
    Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

    Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
    introduce primero sus pies en la espuma,
    y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
    Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
    Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
    Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
    y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
    y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

    Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
    Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
    ¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
    para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

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