Se debate…

“…Hasta que un día se conmovió el trueno, y me despertó antes que cubra la nube al cielo…”

El joven se debate ante la i griega sin tener una noción clara de qué camino quiere tomar. Tampoco existe en su ser interno la certeza de si, además del camino que “quiere” tomar existe un camino que “debe” tomar, o si esos dos caminos son uno solo, o si, detrás de esa i griega existen bifurcaciones infinitas y las opciones son algo más parecido al sector del bufete de un hotel cinco estrellas que a un monasterio zen.

Lo cierto es que en su alma reposa una sensación de tranquilidad. El siente que por primera vez en toda su vida está empezando a hacer que las personas que no viven dentro de su imaginación, sepan cuáles son sus deseos, cual es su visión, como se ve él mismo dentro de un año. Entonces decide empezar a escribir sus prioridades y a reinvertir el tiempo que hasta ayer estaba afectado a sufrir y a seguir insistiendo con lo que hasta ahora nunca pudo.

Para su sorpresa surge una lista espesa de tareas a realizar en el corto y largo plazo, La sorpresa es grande, sus ojos se abren cuan grandes son y escucha una canción, más precisamente una frase de la canción que dice: “cuando te fuiste volví al jardín, que había descuidado de tanto ir…” La imagen de volver al jardín lo invita a ponerse en contacto con la naturaleza, con lo terrenal, dejar las idealizaciones de lado y ocuparse de lo real y necesario para no ser una persona congelada por el miedo y poder proyectarse.

Mercantilizar la relación, no se trata de haber tenido una epifanía, todo lo contrario, es la decantación de un proceso interno que viene desarrollándose desde hace más de un año y medio y que le costó a él y a su entorno mucho dolor, un dolor que tal vez no sane en mucho tiempo, pero que lo impulsa a ser quien es hoy, a estar parado como está y a tener la certeza de que sabe lo que quiere, que tiene una visión y está contento por ello.

Por otro lado sabe que este último año fue difícil pero, con la determinación de un guerrero espartano, afrontar esa energía dolorosa que lo somete a diario desde la boca de su estómago, capitalizar lo vivido intentando no distorsionar uno sólo de los recuerdos y ordenar su hoy, porque sabe que la única manera de acercarse a la visión y que no sea solamente una quimera tiene que estar preparado y con los cinco sentidos abiertos.

A la mierda con las taras, hoy las cuelga en la silla del terror y vive a pleno de cara al sol, con la sensación de liberación que da el saber que hay mucha vida, sin una sola duda, sin titubear para pensar en un posible juzgamiento, sin una gota de castigo guardada en los bolsillos, con el censor convencido de que debe retirarse y acompañar desde las oficinas de personal afectado a “tareas especiales”.

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