Anamorphic

Una caída desde lo profundo hacia lo vasto de aquella pradera de los viajes, esos que solía tomar sin dejar de estar sentado en la cocina de la casa de mi abuela Paula, practico, haciendome tiempo para degustar algunos entremeses sin dejar de lado la lectura obligatorio de ojos y humores tan común en el universo hollywoodense.
Me hago un bollo humano, una masa sin forma, una medialuna que no es, un montón de vacío apretado en una mano. Estoy solo, ya no hay nadie en la habitación, sólo yo, con mi cicatriz, solo, sin ganas de seguir conversando. Al menos por el momento.

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Sobre el presente

Estar frente a la ventana de la habitación de mi nueva vida, un domingo de otoño casi cuando el sol se encuentra con los noventa grados, con mate, miel y el disco de Robert Plant y Alison Krauss produce en mí una sensanción de bienestar que hace mucho no experimento.
La mirada sin fin desde el décimo piso se pierde en el fuera de foco de los edificios de la zona más norte de la ciudad y sólo es interrumpida por alguna bandada de pájaros que se regocijan entre la brisa y el sol en idas y vueltas, como si todos juntos ensayaran una coreografía perfecta de acrobacias voladoras o simplemente jugaran a la mancha.
Un mate más, revisar un poco el pasado para reír de lo que debí reir en algún momento, vivir este presente y sentirme afortunado y por lo menos, intentar planear algo chiquito para un futuro bastante inmediato.
Es un domingo, pero no es un domingo más, cada poro de mi piel lo siente, una y mil veces, en cada contacto con el aire, en cada parpadeo de mis ojos, no es lo mismo, creeme cuando te lo digo.
Estoy creciendo y, mientras lo hago, acepto que duele, que es una tarea ardua y muchas veces angustiante, que queda gente en el camino no se sabe por cuanto tiempo, pero queda en el camino, cimentando cada uno de los escalones pisados para llegar a este estadío.
Uno a veinte de cientos, dice mi gmail cuando reviso conversaciones con algunas de las personas co-protagonistas principales de la novela de mi vida estos últimos 6 años, me da curiosidad y reviso nuestras conversaciones. Es un material inagotable y me muestra y me hace recordar qué era lo que estaba haciendo mientras daba respuestas tan preformateadas. Me pregunto por qué no tuve la lucidez para comunicar la angustia que sentía en esos momentos, producto de factores humanos externos, con energía negativa, que me absorbieron hasta la última gota de energía. Si, mientras mis personas queridas se preocupaban por mi, yo sufría al ser confrontado constantemente y, mientras intentaba no preocupar a esas adorables personas, me alejaba de ellos con un “ok”, malas decisiones que se pagan con el desarraigo.
De todas formas, no estoy tratando de ser duro conmigo mismo, ni autocompadecerme, solo me fascina lo empecinado que estuve en fallar en el intento por comunicarme en esos cientos de mensajes.
Hoy es distinto, no porque no haya algún tipo de malestar, sino porque yo estoy más despierto ante este tipo de eventos y entiendo que la mejor manera de atesorar mi entorno es contarles como me siento y no tamisar la información para que no se angustien.
Se vienen momentos de fijar nuevos objetivos y yo soy mi testigo más fuerte en este caso, siempre que me planteé un objetivo lo cumplí, o hice todo lo posible para cumplirlo. Es que en mí, siempre lo complicado no fue hacer, sino pensar que era lo que quería realmente hacer, cual era mi deseo, que travieso, jugaba a las escondidas en lo más profundo de mi panza.