El muelle

Una vez más y casi sin proponérmelo me acerco al desfiladero, ese precipicio aterrador y a la vez fascinante que embriaga de viento y desesperación.

Será que no encontrar tus ojos mirándome es una empresa imposible?

Será que los años que pasaron me han dejado marcas demasiado profundas en el cuerpo como para seguir sintiendo el impertinente deseo de saltar?

Cuántas preguntas sin respuestas hay arriba de esta mesa de madera noble, llena de vetas y nudos, de rayones que cuentan historias.

El repiqueteo de las teclas es mi compañero para esta noche de invierno, un invierno profundo, candente, ahogado de humedad.

Pienso, siento, pienso y siento, siento y pienso, mi alma sensible no pretende conectar con vos, no quiere cambiar nada de vos, no quiere que me quieras ya, de qué puede servir eso?

Acaso es posible detener lo inevitable. Vos te alejás en un barco y yo te miro desde un muelle lleno de personas que vinieron a despedirse.

Mi llanto se disimula con el de la  multitud y yo escucho uno a uno como se quiebran los huesos de mi cuerpo, en una última implosión de impotencia, en un ballet de pérdida y desilusión.

Me entregué a vos sin condiciones, no importa si fueron dos horas o un año, lo que importa hoy es que lo hice, esa tal vez sea la razón más fuerte por la que seguir buscando y participando de este juego tendrá sentido.

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